A ese reflejo en el espejo.
Sí, tú me amas. Es verdad. Tú eres muy, gentil.
Pero hay días, tú sabes,
en que yo me siento cansado, irritado,
de oírte jugar cual una niña.
¡Reír siempre, siempre, bromear, es encantador,
pero insuficiente, sin embargo!
Esta mañana, estoy mal. ¡Oh! No es nada, es evidentemente.
Pero estoy enervado. ¡Lo ves bien tú misma!
Y lloraría por nada, en este momento.
¡Cállate, pues! Te agitas, conversas.
Tu querida voz de pájaro me irrita y me hace daño.
¡Qué quieres! ¡Es más fuerte que yo; me es igual!...
¡No me hagas esos ojos! esto nada tiene de trágico.
¡Pero no, no estoy enojado! Tú ves:
No te hablo con maldad. Te explico:
Tengo enfermos los nervios: -¿Por qué?-...¿Quieres saber porque?
¡Dios mío! En este tiempo. Es bastante Difícil
explicártelo. Es la fatiga, el fastidio...
-¡Entonces, por hoy, nada más que por hoy,
deja un poco tus pensamientos!-
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